La ciudad no nos esperaba: estudiantes víctimas del conflicto armado, imaginarios, exclusión y resistencia urbana

Por LEIDY MILAGRO TORRES GARCÍA. Trabajadora social FUP / NESLI VALENTINA TORRES GARCÍA. Estudiante psicologia UCC

Autores: 

Leidy Milagro Torres García, Trabajadora social. 

Nesli Valentina Torres García, estudiante de Psicología, UCC. 

Resumen

Popayán fue, para muchos estudiantes víctimas del conflicto armado, una promesa antes de ser una ciudad. Pues para estos llegar aquí significaba cruzar una frontera experiencial y existencial, donde podían dejar atrás el miedo, la pérdida, la violencia y la incertidumbre. Era en sí, un nuevo comienzo; sin embargo, la ciudad que encontraron tenía otras reglas. A través de entrevistas en profundidad, este artículo indaga sobre cómo esa promesa se ve fracturada con el primer contacto con la ciudad, y cómo los patrones de exclusión no desaparecen, sino que se reproducen en medio de la invisibilidad. Como las ciudades que expone Italo Calvino (1972), Popayán tiene una capa invisible que no aparece en fotografías o en el discurso oficial; es aquella habitada por los que llegaron huyendo. 

Aunque estos han transitado por caminos distintos (desplazamiento forzado, homicidio de familiares, secuestro, etc.); todos se entrelazan en una experiencia en común: la de no pertenecer, y una carga simbólica que transforma la manera como perciben y habitan lo urbano. Las huellas del conflicto siguen proyectando sus efectos en su vida cotidiana; lejos de desaparecer en el contexto urbano, se hace más visibles en los cuerpos, emociones y trayectorias educativas. Así, el imaginario de la ciudad como un escenario de esperanza y movilidad social resulta ser, para estos estudiantes, una promesa construida desde la inequidad e injusticia, mientras las experiencias vividas en medio del conflicto que se inscriben silenciosamente en la cotidianidad urbana.

Palabras claves: conflicto armado, imaginarios urbanos, exclusión simbólica, resistencia, ciudad invisible. 

Introducción 

Desde sus territorios de origen, la ciudad de Popayán es narrada y percibida como un refugió y un escenario de crecimiento personal y familiar. Narrativa que es sustentada por las instituciones, programas de reparación y los relatos de quienes lograron escapar de la violencia. Esto conlleva a que estos se trasladen a Popayán con la creencia de que atravesar ese límite geográfico equivale también a cruzar una frontera experiencial y existencial, donde pueden dejar atrás el miedo, la pérdida, la precariedad, la violencia, y tener un nuevo comienzo.    

Sin embargo, la ciudad que encuentran es muy diferente a la que les habían vendido, tiene otras reglas y la manera de vivir es diferente y excluyente. Como las ciudades que describe Italo Calvino (1972) en su obra “las ciudades invisibles”, las cuales son múltiples capas superpuestas, dividida en una visible, donde se encuentra la parte universitaria, turista y colonial; y otra invisible, que es habitada por quienes llegaron huyendo, arriendan en zonas menos visitadas de la ciudad, viven en soledad añorando lo que perdieron y han aprendido a moverse con cautela en un lugar que nunca les perteneció. Este artículo nombra y exponer esa segunda ciudad que se les ha obligado vivir a las víctimas. 

Este artículo es derivado de una investigación sobre “el impacto del conflicto armado en la vida cotidiana de los estudiantes de pregrado de la FUP”, ejecutada en el año 2025, en el marco de la convocatoria joven investigador. En esta se utilizaron diferentes técnicas, como la entrevista en profundidad, con una muestra de 25 estudiantes. Los hallazgos permitieron reconocer el impacto del conflicto armado y las múltiples formas en que la violencia ha marcado las subjetividades de los estudiantes y continúa influyendo de forma sutil y menos perceptible en su tránsito por la universidad y la ciudad, el cual se sostiene con la misma intensidad. 

La idea central que articula este artículo es: el mundo urbano, dibujado desde los territorios de origen como un escenario de oportunidades, pero para estos estudiantes se convierte en un nuevo contexto donde la exclusión, la soledad, el miedo y la precariedad son parte de la cotidianidad urbana. Aun así, la ciudad prometida no desaparece del imaginario, pero la realidad en la que viven termina desdibujando esta idea hasta convertirla en una forma más de invisibilidad e injusticia estructural.

La ciudad prometida: imaginarios desde el territorio

Antes de llegar, Popayán ya existía en el imaginario de los estudiantes, para ellos era un lugar mejor, donde podrían volver a comenzar y reparar aquello que la guerra les arrebato. Esa idea fue alimentada desde afuera por los relatos de los que lograron salir, por los discursos de instituciones públicas y privadas, por la idea de que la educación superior es una salida ante las condiciones adversas, así como representa la posibilita de transformar sus realidades: “yo deje todo lo que tenía, es que me dijeron que acá todo era mejor” (comunicación personal, 2025). Esto funciono durante mucho tiempo, como un horizonte de esperanza ante la violencia.  

Este imaginario prometía inclusión y oportunidades, pero en cambio configura la exclusión social de estos estudiantes. Pues la ciudad no es un escenario neutro de movilidad social, sino un espacio donde las desigualdades se manifiestan reproduce y naturalizan, particularmente para poblaciones en situación de vulnerabilidad (Wacquant, 2007). 

Es que pocas veces se explica que este imaginario no es inocente, ya que fue construido sobre una injusticia estructural que opera como un dispositivo que reproduce la inequidad y la exclusión. Por ello, la ciudad se convierte en esa promesa porque el territorio fue abandonado por el Estado, devastado por el conflicto armado y privado de posibilidades. Así, la promesa urbana se presenta como una solución, pero que en realidad es un sustituto precario que intenta reemplazar pérdidas injustas e irreparables. 

Los estudiantes llegaron a la ciudad en busca de aquello que en sus territorios se les fue arrebatado (educación, seguridad, futuro, oportunidades, etc.), pero al llegar se dieron cuenta que esa promesa era falsa. Esta ciudad los esperaba con una realidad distinta: «yo llegue a Popayán buscando un mejor futuro, no sabía que esto iba a ser duro, escapar de la violencia a venir a un lugar donde no tienes a nadie, estar solo y sentirte peor por lo que has dejado» (comunicación personal, 2025); otro estudiante agrega “yo llegue (…) a estudiar, en pueblo no hay universidad, y para mantenerme me toco quedarme acá, soy de bajos recursos , me toca trabajar y estudiar, eso hace que le pueda mandar algo a mi familia” (comunicación personal, 2025)

En este aspecto, Silva (2006) señala que, los imaginarios urbanos son construcciones colectivas que preceden y orientan la experiencia en la ciudad, es decir que, este no solo la refleja, sino que la produce. Por esto, la ciudad que estos jóvenes conocían antes de llegar no era Popayán, era en sí, una manifestación de sus deseos de escape y reparación, como una anticipación de esa experiencia. 

Para los jóvenes la brecha que existe entre el imaginario y la experiencia vivida en la cuidad, no significo un simple desencanto, sino también el distanciamiento y la pérdida de lo conocido. Esto revela que el auge urbano, construido como un relato de que la ciudad es un espacio de oportunidades y transformación, no integra a quienes llegaron escapando del conflicto. Para ellos, Popayán no se configuro como aquel escenario de movilidad social, sino como un escenario donde se les obliga a justificar su partida y normalizar el sacrificio del desarraigo por sostener la esperanza de un futuro mejor. 

Heridas distintas que convergen en un mismo lugar 

Los motivos por los que llegaron los estudiantes a la ciudad son diversos, pues algunos salieron de sus territorios de manera abrupta por la violencia, en medio de la noche, sin tiempo para despedirse. Otros llegaron de forma gradual, trasladados por sus familias como estrategia de protección y resistencia. Mientas que otros fueron enviados solos, como una apuesta familiar por el futuro, cargando así la responsabilidad de sostener económicamente a quienes quedaron atrás. Cómo menciona un estudiante: “cuando llegue a Popayán me dedique a trabajar, quería estudiar, el desplazamiento nos quitó la tierra y con eso mis ilusiones de ir a la universidad, cuando me gradué” (comunicación personal, 2025).

Sin embargo, estás trayectorias una vez en Popayán tienden a ocultarse e incluso a desaparecer, y son sustituidas por una experiencia en común: la de no reconocerse en la ciudad, y la de no pertenecer y ser reconocidos por está. Este fenómeno se relaciona con lo que Bahabha (2002) determina como “el tercer espacio”, el cual es un lugar simbólico de encuentro, negociación y creación que surge cuando dos culturas interactúan en un mismo espacio, dónde las diferencias culturales conviven en una tensión permanente, por lo que se crean nuevos significados y una reconfiguración identitaria.

Esto no quiere decir que las huellas del conflicto armado se borran; al contrario, se hacen más latente. Pues la violencia en sus comunidades era parte de la cotidianidad, naturalizada por la repetición. Pero, en la cuidad los jóvenes se dan cuenta que es posible otras realidades, por lo que es más evidente lo que perdieron: «mi infancia fue muy diferente a la de mis compañeros que vivieron en la ciudad, no sabía que era posible vivir sin escuchar disparos a cada rato, cuando me vine para acá me di cuenta» (comunicación personal, 2025).

Frente a estas realidades los estudiantes cuestionan el mundo que daban por sentado, lo que abre una nueva herida en sus vidas. No sé trata únicamente de nostalgia, sino que además implica el reconocimiento, muchas veces doloroso, que aquello que les tocó vivir en sus territorios no era normal. Que fueron víctimas y sobrevivientes de hechos que nunca debieron ocurrir y que, pese a encontrarse en un entorno urbano, que se suponía que debería proporcionar procesos de reparación, continúan asumiendo en soledad los impactos de esas vivencias. 

Esta situación se refleja en el relato de un estudiante: “esto te afecta, aunque uno diga que paso hace tiempo, (…) así usted este en una ciudad, está con miedo constante de que todo vuelva a pasar, vive uno atemorizado todo el tiempo” (comunicación personal, 2025). En este sentido, el miedo no conoce de límites geográficos, ni mucho menos de lugar y tiempo; este se inscribe en la capa menos perceptible de la vida urbana. 

No sé trata de un temor instalado en el pasado, sino en una presencia que aún sigue activa y condiciona la manera como los jóvenes perciben y habitan el presente. El miedo se configura como una experiencia ambivalente, por un lado, es una respuesta emocional ante los hechos de violencia vividos y, por otra parte, opera como un mecanismo de control social que permite la reproducción de silencios colectivos y generacionales, que en el contexto urbano se traducen en aislamiento, culpa, soledad, estado de alerta y desconfianza; que restringe las formas en que habitan este espacio.

A esto se suma la diferencia cultural, pues ser foráneos en Popayán no es una condición discreta, constituye una manera de alteridad que es constantemente actualizada e identificada por el acento, la forma de vestirse, de expresarse, de caminar, etc.; señales que en la capa menos visible de la ciudad son reconocidas y con frecuencia sancionadas. En está capa la diferencia no se permite, ni se tolera; se nombra, se excluye, se señala y se usa comúnmente para deshumanizar al otro. Tal como señala un estudiante: «las personas creen que uno no se da cuenta, como lo miran cuando digo de dónde vengo y que soy víctima, es como si uno tuviera alguna enfermedad contagiosa, uno se siente es excluido en esta ciudad, yo prefiero no decir nada sobre mi» (comunicación personal, 2025).

Esto tiene cómo respuesta directa el aislamiento y el silenciamiento. Los estudiantes se ven obligados a ocultar su historia para ser aceptados, sin embargo, está estrategia de supervivencia tiene un costo enorme, la omisión de su propia identidad en la imagen oficial. Así, la ciudad que prometía un nuevo comienzo se convierte en un escenario de soledad y exclusión visual, que contribuye a la legitimización de patrones de violencia estructural y cultural (Galtung, 2003), donde sobrevivir significa volverse invisible.

La ciudad invisible de los que llegaron huyendo

La ciudad que prometía un nuevo comienzo se convierte es un espacio de soledad, precariedad y aislamiento, que esta principalmente marcado por las diferencias que se perciben en la geografía vivida de Popayán, y no el relato oficial que integra la arquitectura, las procesiones, lo histórico. Pues los relatos de los estudiantes revelan un escenario de interacción reducido: “mi vida transcurre de la universidad a la habitación donde arriendo, acá no tengo a nadie” (comunicación personal, 2025); por lo que las redes de apoyo disminuyen y los vínculos afectivos en la ciudad se limitan, lo que dificulta la capacidad de los jóvenes para crear lazos de solidaridad en la universidad.

Está capa se configura como un producto de las relaciones que se tejen en esta, es decir que, es un constructo social que reproduce y refleja las jerarquías de poder de aquellas capas que oculta Popayán. En este sentido, se puede afirmar que estos escenarios no son accidentales, son el resultado de las decisiones de aquellos que habitan el lado visible.

Esta ciudad invisible se relaciona a lo que Lefebvre (2013) reconoce como “espacio vivido”, la experiencia de los jóvenes en está, que en su andar cotidiano utilizan tácticas y microrrituales (Lindo, 1999 y De Certeau, 2000) para sobrevivir en un entorno organizado por otros. En palabras de un estudiante: “yo acá he aprendido a moverme de manera distinta, sé que acá no es mi pueblo, aquí tengo que estar alerta, he aprendo a evitar algunas calles, a estar solo por el qué dirán, es que acá no soy yo, soy otra persona para poder encajar” (comunicación personal, 2025), otra estudiante agrega “es mejor no llamar la atención para no ser discriminada, yo sé que a uno lo tratan distinto cuando saben de dónde uno viene” (comunicación personal, 2025). 

Estas son prácticas que estructuran la vida urbana, así como los sistemas de significados que asocian a la realidad. Esto crea un sentimiento ambivalente de pertenencia, dónde añoran el territorio y rechazan los hechos cometidos en el mismo. Lo que produce una identidad fragmentada que obstaculiza tanto el arraigo en la ciudad, cómo la conexión con aquel pasado. Cómo lo expresa un estudiante: “yo sé que debo seguir, pero extraño mi comunidad, en está no siempre había enfrentamientos, allá era feliz, pero sé que el costo de estar allá es bastante, pero acá tampoco tengo nada y no me siento parte de algo” (comunicación personal, 2025). 

Este lado de la cuidad no aparece en los discursos sobre el desarrollo urbano de Popayán. Sin embargo, es el más habitado y real, para quienes llegaron huyendo, y en este aprendieron que huir no es suficiente, que el estigma por pertenecer a una zona roja del país es latente y se percibe en el habitar cotidiano, produciendo sentimientos de vulnerabilidad que deben enfrentar solos. 

A pesar de las situaciones adversas que han vivido los participantes en sus territorios y en la ciudad; tienen la capacidad de transformar el dolor en saber, por esta razón, estudiar e ir a la universidad se configura como una apuesta de resistencia, que opera también como un espacio de reconstrucción simbólica, dónde las experiencias violentas pueden ser resignificadas. Un estudiante menciona: «he pasado por mucho, aquí sigo, ver todo lo que he superado me anima a seguir, el estudio me da la posibilidad de cambiar, no digo que todo sea fácil porque es complicado cuando cuentas con recursos limitados” (comunicación personal, 2025).

Así, la universidad opera como otra capa invisible que recubre la ciudad, en esta se puede soñar, tener esperanza y pensar en futuro. Que en medio de aquella esfera que los invisibiliza, existe otra donde los vínculos se tejen y se comparte experiencias similares; de este modo, los espacios cotidianos al interior de está tramitan como escenarios de transformación con redes que sostienen la vida en esa ciudad. 

Conclusión

Hay ciudades que solo existen para quienes las sufren, este es el caso de los estudiantes víctimas del conflicto armado que llegaron huyendo de la violencia y la falta de oportunidades a Popayán con la promesa de un futuro mejor, cargando historias y experiencias llenas de dolor, nostalgia, miedo, soledad e incertidumbre que son silenciadas en la capa invisible de la ciudad, siendo esta la más densa y cargada de significado para los participantes. 

Este análisis muestra que la ciudad no estaba preparada para recibir a estos estudiantes y que las huellas del C.A no desaparecen al salir de sus territorios, si no que se reinscriben en la vida urbana y universitaria, donde aquella promesa que dibujaba un nuevo comienzo se desvanece con el primer contacto con esa capa de la ciudad; en la que la exclusión no es un proceso de la adaptación, sino la estructura misma de la cotidianidad urbana. Y en esta cotidianidad, paradójicamente, es también donde tejen la resistencia y la esperanza: en las relaciones y vínculos que crean a pesar del miedo, en el estudio que mantienen pese a la precariedad y en la decisión diaria de seguir luchando en medio de historias que no son contadas en la parte visible de la ciudad.

Queda entonces una pregunta que la ciudad no ha sabido responder: ¿qué tipo de lugar es aquel que obliga a sus habitantes a volverse invisibles para sobrevivir en él? Quizás la respuesta empieza por aquí, por nombrar lo que se ha querido silenciar, reconocer a quienes la ciudad invisibilizó. Ese gesto, pequeño y urgente a la vez, es también una apuesta por la paz. Como plantea Calvino (1972), las ciudades no cuentan su pasado, lo contienen; por lo que estas historias silenciadas son parte de Popayán, aunque la ciudad oficial prefiera no reconocerlas.

Referencias 

Bhabha, H. (2002). El lugar de la cultura (Aira, C. Trad.). Manantial. (Obra original publicada en 1994). 

Calvino, I. (1972). Las ciudades invisibles. Einaudi. 

De Certeau, M. (1996). La invención de lo cotidiano I: artes de hacer. Universidad Iberoamericana.

Galtung, J. (2003). Paz por Medios Pacíficos Paz y Conflicto, Desarrollo y Civilización. (Oianguren, M. Trad.). Colección Red Gernika, p. 360.

Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. (Martínez, E. Trad.). Colección

Entrelineas, p. 456. (Obra original publicada en 1974).

Lindón, A. (1999). De la trama de la cotidianidad a los modos de vida urbanos. Centro de Estudios Sociológicos. El Colegio de México / El Colegio Mexiquense. P. 483.

Silva, A. (2006). Imaginarios urbanos. Arango Editores. 

Wacquant, L. (2007). Los condenados de la ciudad: gueto, periferias y Estado. Siglo XXI.