Juan Manuel Dulcey
Juan llegó de la caminata matutina con sus perros, esa pequeña rutina, por alguna razón, lo llenaba de alegría, de energía positiva. Los árboles emanando su suave aroma lo trasladaban, varios años atrás, cuando era un niño y su padre lo llevaba al cerro de las tres cruces a caminar. Eran jornadas extenuantes para un chiquillo, pero felices, sinónimo de otros tiempos de inocencia.
Juan le sirvió «el desayuno» a los perros, ese pequeño acto de cuidado vital, lo hacía sentirse importante. Les medía el concentrado y añadía, al convite, un caldo de vísceras de pollo, pues él pensaba que comida sin sopa…no era alimento. Los canes, agradecían ese gesto culinario dejando completamente vacíos los platos.
Luego, Juan sacaba un trapito y cumplía la otra misión: secar las patas a los animales. Mientras secaba las patas de su perro más consentido, notó un leve gorgoteo que provenía de la llave del lavadero…plop….plop…plop… pudo ver cómo la prístina gota se asomaba tímidamente a la boca de la llave, para finalmente llenarse de decisión y lanzarse al incierto vacío…plop. Al principio a Juan no le molestó, se olvidó del sonido, pero al cabo de unos segundos, sintió que el inocente goteo aumentaba en intensidad y frecuencia. Pudo sentir que le retumbaba en el cerebelo, se levantó rápidamente y apretó un poco más la llave, la incipiente fuga se detuvo por un leve momento para reiniciar luego, su repiqueteo. Juan sonrió, era el momento esperado para probar sus rudimentarios conocimientos de fontanería obtenidos en Youtube. Fue por la llave de tubos, el empaque y el teflón, elementos que había obtenido previendo una situación como esta. Le pareció fácil el proceso de arreglo, la llave ahora silenciosa, parecía paradójicamente en su mutismo, estarle diciendo: «Gracias, gracias señor fontanero…¡Qué fontanero! gracias doctor cirujano, especialista en llaves». Juan se dió vuelta para salir del patio, cuando…. plop…plop…plop.. lentamente volteó la cabeza para ver cómo la llave, la maldita llave, dejaba escapar gota a gota el agua que iba haciendo un charquito. En ese pequeño espejo líquido, se diluía el orgullo fatuo de Juan, su falsa sensación de seguridad. Volvió a desarmar la llave, gastó casi todo el carrete de teflón, volvió a armarla, plop…plop…plop…plop. El agua salía más rápidamente que antes, llenó a Juan de incertidumbre, sensación que dió paso rápidamente a la rabia. Con la llave de tuercas le pegó repetidas veces al grifo mientras lo puteaba, pero él, imperturbable, tal vez porque nunca conoció a su progenitora, siguió con su desesperante cantinela.
Juan sintió que se burlaba de él y al grito de: «A mi no me va a ganar ninguna hijue…llave» le asestó un poderoso mandoble, el goteo paró. Juan sudoroso y cansado pero satisfecho, salió del patio echando una mirada desafiante al lavadero. Llegó al cuarto donde su esposa, y le dijo, con algo de soberbia: «Arreglé la llave del lavadero, me dió un poco de trabajo. Pero quedó perfecta». Su mujer lo miró y le contestó genéricamente: «Que bien…», para luego añadir: «Dijeron en la administración, que iban a cortar el suministro de agua un ratico pero que ya la ponen». Aún resonaban esas palabras en el aire, cuando Juan escuchó el plop…plop…plop… cada vez más perentorio. Sintió que así como se escapaba el agua a lo lejos, también su cordura iba poco a poco yéndose por el sifón…plop…plop…plop. Comenzó a reír sin parar, las carcajadas contenidas inicialmente, se volvieron un torrente de risas, un río que fluía sin control, una avalancha de jajaes sin medida. Así lo encontró horas después, su hermano, el eminente psiquiatra, hecho un despojo, con la mirada perdida, y un rictus tenso como sonrisa, con el pensamiento lleno de llaves que no cesaban de perder su líquido. Tal y como se habían extraviado su mente y su inteligencia, que ya hacía rato andaban lejos.