“Construí mi casa sobre escombros y tal vez me vaya cuando muera”: Guillermo Mora.

Por ANDRÉS ZÚÑIGA. Comunicación Social, Universidad Misión Paz

A veces pasan drones, aviones como buscando a alguien. Don Guillermo, con problemas de audición y recién operado de sus ojos, a sus 74 años mira hacia afuera a la espera de algo. Es jubilado de la policía y estoy frente a él. Su mirada ahora se posa sobre mí, es firme y profunda, como si supiera historias y sus ojos trataran de callarlas, mientras se mece en una silla desgastada que parece haber resistido los años más de lo que debería.

Le dicen ‘El Patriarca’, y junto a otros vecinos fundaron el barrio San Pedro Claver en Cali. Hace 57 años vive en el mismo lugar y aunque ha presenciado durante tanto tiempo varias historias en este sector ubicado al oriente de la ciudad, afirma que vive en su “casa propia que construí sobre escombros. Nunca he pensado en irme… tal vez me vaya cuando muera”, expresó.

Es como si su mirada ahora empezara a hablar y me dijera ‘resistencia’, recuerda que en el año 1977 comenzaban las primeras invasiones en lo que hoy se conoce como San Pedro Claver; al lugar llegaban familias de escasos recursos económicos buscando apoderarse de predios baldíos.

Don Guillermo, de 27 años, prestaba servicio policial en el barrio Doce de Octubre, frente a la zona, cada día salía a patrullar y estaba atento de un terreno abandonado que pertenecía a una familia adinerada de Cali –los Lloreda Garcés– llamado: ‘El callejón de las vacas’, este lugar era un hueco muy grande, como si hubieran sacado de ahí una gran roca; la orden, en ese momento era que los policías tenían que estar alertas, “me mandaban a cuidar que no invadieran… pero yo nunca pensé en invadir”.

Eran tierras peleadas, la política buscaba favorecer a los más pobres, pero la ley todavía no estaba hecha para ellos, así que nadie podía entrar a ese lugar. “En 1979 la invasión ya en trámites de legalización precisaba un nombre, tarea que la pro-junta asume. Determinaba la fecha límite para el trámite de “bautizar nuestro territorio”, la pro-junta en pleno espera la reunión con el doctor Holmes Trujillo”, afirma el informativo 11 de la Gaceta del julio de 1998. 

A su vez, en dicho documento, se explica que: Orlando Beltrán, líder comunitario y fundador del barrio fue el último en llegar; incluso, “los compañeros al ver su inconfundible calva, exclamaron: ¡Llegó San Pedro!, alguno opinó en medio de risas y bromas: ‘Bueno, por qué no le colocamos San Pedro’, entonces se decidió: San Pedro Claver, puesto que ya existía un barrio con ese mismo nombre, así conseguimos nombre para rato”, precisa el documento. 

En una de esas reuniones Don Guillermo habló con un político de apellido Peláez, el cual trabajaba con un muchacho que era su conductor –Ángel Arboleda–, se hizo amigo de ambos. En horas de descanso, los tres mantenían en un quiosco y en una de esas Peláez le soltó a Arboleda lo siguiente: “Vaya y dele a él un pedazo de esa tierra”, luego le dice a Guillermo, “usted vaya y construya, tiene solo esta noche, no deje de construir, no se detenga hasta que mañana tenga su pedazo cerrado”. Estaba uniformado, prestando servicio y probablemente debía volver pronto a cuidar del lugar, lo primero que pensó Guillermo fue “tengo que comprar materiales”.

Su rigor y su carácter lo habían hecho ocupar un lugar importante en la comunidad; su tenacidad para cuidar del uniforme al que tanto había servido y a ese lugar que había cuidado con tanto celo, era la recompensa de que la tierra le estaba esperando a él; por eso decidió contarle a su esposa y juntos llevaron una cama para dormir esa noche.

Cuando acabaron de construir, el lugar estaba inundado, “el agua se entraba y subía a un nivel de la cama”; “al otro día tenía que salir en botas pantaneras de allí para irme a trabajar”. Doña Bertha, su esposa, recuerda que “hacía mucho frío, muchos zancudos”, también recuerda que tuvo miedo “porque la casa era muy insegura por lo que era de esterilla. Él se iba a trabajar y yo quedaba sola con mi hijo acá, metiendo piedras”. El lugar estaba solo y silencioso, oscuro y la incertidumbre de apenas poderse reconocer entre ellos, separados por una carretera muy ancha, al frente había un barrio de luces que chispeaba algunos rayos sobre los palos, la esterilla y techo de cartón. Él y su esposa estaban contentos y apenas podían escuchar sus voces. Esa noche construyeron, durmieron y se abrazaron en un colchón sobre el agua casi flotando en el lodo. “No podía abandonar este lugar porque ya me lo habían dado a mí”.

Al otro día, Don Guillermo debía alistarse para seguir patrullando, se vistió, se despidió de su esposa y marchó a cumplir con su deber, hasta la noche donde debía volver para seguir construyendo. Doña Bertha lo esperaba mientras entraba piedras para llenar el hueco sobre el que Arboleda los había puesto. Era un hueco muy hondo de tierra y debían llenarlo. Cuando llegaba la medianoche y Don Guillermo volvía al lugar, hallaba a Doña Bertha metiendo piedras, “él decía que yo estaba loca” -expresa doña Bertha- “nunca compramos una piedra para esta casa”.

“Cuando los demás vieron lo que había logrado, todos los demás empezaron a construir”, bajo la zozobra de que vinieran otros policías a destruirlo todo. “En la medida que la invasión crecía, los enfrentamientos con la Policía aumentaron los desalojos para luego proceder con la destrucción de los ranchos. La historia reporta gran cantidad de ocasiones en donde con porras, picas, palas, máquinas, etc., se tumbaban las armazones de esterilla o cartón. Sin embargo, la noche siempre fue suficiente plazo para volverlos a construir las viviendas”, afirma documentación extraída del sitio web de la alcaldía de Santiago de Cali.

Ya habían caído varios, pero el Patriarca seguía de pie. “Primero de esterillas y luego de barro”, la puerta era de tablas y madera. El baño era una letrina, un hueco hondo donde se depositaba, una alcantarilla.

“Se paraba ahí y usted veía lo que estaba haciendo acá adentro”, expresó doña Bertha. Así estuvieron durante dos años, hasta que se arriesgaron a construir con cemento. “Fuimos los primeros que nos atrevimos a construir aquí en esta cuadra”. Tuvieron que traer escombros de otras partes, de los que tumbaban para hacer las casas de los ricos. Esa tierra a veces sobraba y la botaban, y con eso rellenaban. Debajo de este barrio hay escombros de otras casas que tumbaban en otras partes.

Los niños de los alrededores visitaban a la pareja en la casa de esterilla y veían películas en un televisor a color de perilla y betamax. Doña Bertha recuerda que almorzaban, comían y a las 8 de la noche los mandaban para la casa. Muchos niños del barrio, hoy en día adultos, se criaron con ellos. Entre estos, Alejandro Grajales o ‘Alejo camina parejo’, como le dicen en el barrio. Recuerda que la fachada era de esterilla, había una puertica y unas latas, y para poder entrar “hacíamos fila y entrábamos por moneditas de dos pesos y nos sentaban acá en la sala y colocaban el televisor allá”.

“Don Guillermo me recomendó y hoy soy lo que soy por él, porque él vio el potencial que yo tenía acá en el barrio: cada día volviéndome más malo. Pocos sabemos que él trabajó con la pesada, en ese entonces conoció gente bravísima, todos los capos. No se quiso dañar por la humildad y el amor a su familia”, expresó Grajales.

“Si bien, la década del ochenta deja un saldo importante para la comunidad de San Pedro, el Concejo Municipal, en resolución del 81, aprueba el barrio, otras tareas se hacen urgentes y necesarias para alcanzar mejores condiciones de vida. No sólo son las obras de infraestructura las que dignifican la vida de todos los vecinos de San Pedro, también, el deporte, la cultura y la educación”, dice el informativo 11 de la Gaceta del julio de 1998.

Sin embargo, según la revista Semana “la Comuna 11 de Cali registró un alza de homicidios del 42 % del 2024 al 2025”, lugar donde ocurren estos hechos. La violencia ha regresado pero esta vez Don Guillermo tiene 74 años y solo descansa, sentado en una mecedora vieja que también ha resistido el paso de los años. Mientras recuerda, continúa observando hacia la calle como si estuviera esperando algo y su instinto nunca se hubiera ido. No necesitaba decirlo, pero hay algo en este lugar que no lo deja irse, «hasta que me muera».

Hoy, como Don Guillermo, muchos de los habitantes del sector son adultos mayores. En una comuna de más de cinco mil personas, según la página de la alcaldía, una parte importante de la población ha envejecido en el mismo lugar. Al igual que Don Guillermo, se dejan ver otros parecidos a él, todos caminan lento como cargando los años y en cada pisada parece que llevan plomo. Son todos ellos de miradas fuertes, y aunque ya no se mueven como antes, resisten con gran valentía el contexto social del lugar. Ellos son, como en palabras de Alejandro, ‘Los Patriarcas’.

Hoy, sobre los escombros que yacen bajo las casas, se resisten a irse de ahí. Presos voluntarios de su nostalgia, y a pesar de la violencia, hoy los Patriarcas son respetados y saludados como héroes. Ellos, como Don Guillermo Mora, solo esperan juntos el día de fundirse y de por fin ser uno con el lugar.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Matices, edición número 24, página 11  https://www.calameo.com/read/007541162a7602efee04d