Habitar la ciudad desde el silencio: racismo interiorizado y formas invisibles de exclusión urbana

Por FRANCISCO XAVIER PEREIRA TORRES. Estudiante FUP

Resumen 

El artículo propone una reflexión sobre las formas en que el racismo interiorizado se manifiesta en la vida cotidiana urbana, a partir de experiencias situadas que permiten visibilizar dinámicas de exclusión que suelen pasar desapercibidas en el espacio social.

Con una mirada desde la ciudad, que más allá de su dimensión física, es también un espacio simbólico donde se producen y reproducen jerarquías sociales, culturales y raciales. En este escenario, el racismo no solo se manifiesta en actos explícitos de discriminación, sino que, además, se instala de manera sutil en la vida cotidiana, a través de la comunicación y prácticas que suelen disfrazarse en el orden de lo «normal». 

Por esta razón este artículo se divide en tres partes estratégicas que integran la experiencia, la subjetividad y el habitar entre lo invisible y el silencio, en una  sociedad conservadora urbana que no cree que haya racismo interiorizado.

Palabras claves: Racismo interiorizado, experiencias urbanas, Popayán, ciudades invisibles. 

Introducción 

Son cuervos habitando una ciudad de palomas que, en silencio, los apartan cuando de colores se trata. No por la historia que los nombra, sino por las experiencias cotidianas que enseñan a ocupar menos espacio, a bajar la voz y a adaptarse para poder permanecer. Mientras algunos sujetos transitan sus espacios con relativa y sobria libertad, desbordando su gran reconocimiento amarillo, otros aprenden, muchas veces de forma apagada, silenciosa e imperceptible, a regular la presencia para no destacar, para que esos ojos superiores no los apuñalen con comentarios imperceptibles. El cuerpo y las formas de interacción se dispersan y se mimetizan para poder encajar en determinados entornos urbanos. Estos ajustes cotidianos, que suelen pasar desapercibidos, configuran modos diferenciados de socialización que revelan la persistencia de desigualdades profundas en la vida urbana.

La ciudad, más allá de esa gran y voluminosa dimensión física, constituye un escenario simbólico en el que se manejan de manera conservadora y escalonada diferentes maneras de expresión que sirven para producir y reproducir jerarquías sociales, culturales y raciales, que “contribuye a la transmisión de mensajes que inferiorizan y buscan mantener la subordinación de las personas negras” (Stecher, 2023, p. 18). En este contexto, el racismo no solo se manifiesta a través de prácticas explícitas de discriminación, sino que también opera de manera interiorizada, incidiendo en la autopercepción de los sujetos y en la forma en que habitan e interactúan en los espacios urbanos. Así, el racismo interiorizado se convierte en una dimensión invisible de la exclusión, que se expresa en gestos sutiles y silencios que, han aprendido de estrategias de adaptación, condicionan la socialización cotidiana.

Este artículo dialoga con la propuesta de “Ciudades Invisibles de Italo Calvino”, al analizar cómo el racismo interiorizado configura formas invisibles de exclusión urbana que inciden directamente en las dinámicas de socialización coloniales, que con el tiempo han sido heredadas de manera invisible. A partir de una aproximación que articula lo conceptual con lo experiencial, se busca visibilizar aquellas prácticas que, aunque no siempre son nombradas por que para muchos no existen, pero estructuran la manera en que los sujetos se relacionan consigo mismos, con los otros y con la ciudad.

Pensar el problema desde la experiencia 

El racismo siempre suele entenderse como una práctica externa, visible en actos de discriminación directa o en estructuras sociales que jerarquizan a los sujetos a partir de su origen o su apariencia. Sin embargo, esta lectura resulta ser muy insuficiente porque para comprender las formas más sutiles en las que realmente opera este en la vida cotidiana, hay que ir más allá de lo que es evidente, porque el racismo también se interioriza, se sumerge en la sociedad de manera silenciosa, de tal modo, que se incorpora y se vuelve parte de la manera en que los individuos se perciben a sí mismos y se relacionan con su entorno social en los diferentes espacios de la ciudad.

Además, no se manifiesta necesariamente en discursos explícitos, sino en gestos muy mínimos, en decisiones aparentemente individuales y en formas de autorregulación que pasan desapercibidas por la normalización de la sociedad. Se expresa cuando un sujeto modifica de cierta forma su modo de hablar para evitar ser juzgado, además, evita ciertos espacios por no sentirse legítimo en ellos, y son disfrazados, no son sus lugares establecidos donde se sienten placenteramente bien, o cuando ajustan su comportamiento para encajar en dinámicas sociales que de alguna u otra manera privilegian determinados cuerpos, estéticas o formas de ser.

Existen espacios en los que el trato diferencial no se presenta de manera explícita, sino a través de formas sutiles que tienden a normalizarse. Comentarios cotidianos, como chistes sobre el color de piel, el cabello o expresiones asociadas “al trabajo bajo el sol”, que se repiten con tal frecuencia que terminan por diluir su carga discriminatoria, pasando desapercibidos tanto para quien los emite como para quien los recibe, es decir que, estos comentarios “a menudo asumen formas sutiles e indirectas, lo que muchas veces las vuelve poco evidentes o interpretables para quienes las sufren” (Stecher, 2023, p. 17).

Estas prácticas se sostienen en imaginarios que jerarquizan los cuerpos y sus características. Por ello, la dimensión invisible de la ciudad está “atravesada por la línea divisoria entre negro y blanco” (Stecher, 2023, p. 15). La idea de “cabello bueno” y “cabello malo”, por ejemplo, establece una valoración implícita en la que lo liso se asocia con lo deseable, mientras que el cabello afro es señalado o desvalorizado. Aunque estas expresiones suelen presentarse como bromas o comentarios inofensivos, configuran formas de exclusión que inciden en la manera en que las personas se perciben y se relacionan en distintos espacios sociales.

La forma de hablar en los distintos territorios es demasiado diversa y responde a contextos culturales específicos. Sin embargo, cuando se trata de personas afrodescendientes, esta diversidad suele ser reducida a estereotipos que simplifican y generalizan sus modos de expresión. No importa el lugar de procedencia: la forma de hablar es imitada, exagerada o convertida en objeto de burla, como si existiera una única manera “correcta” de sonar afro.

Estas imitaciones, que a menudo se presentan como “chistes”, no solo distorsionan la realidad, sino que también contribuyen a fijar imaginarios que deslegitima otras formas de hablar y de habitar el lenguaje. En este proceso, la fonética y la identidad cultural son reducidas a caricaturas que circulan socialmente bajo la apariencia de lo “gracioso” o lo “inofensivo”.

Esta lógica se extiende incluso a formas más profundas de cosificación. Recordé una ocasión en la que una compañera expresó su deseo de adoptar “un negrito” porque, según ella, “hablan chistoso” y le parecería divertido tenerlo en casa. Aunque el comentario estaba envuelto en un lenguaje aparentemente afectivo, dejaba entrever una forma de relacionarse que reduce al otro a un objeto de curiosidad o entretenimiento. Más que un acto de reconocimiento se trataba de una forma sutil de apropiación que convierte la diferencia en algo consumible y exhibible. Es como si este espacio invisible tratara de despojarlos de “su humanidad, borrado, transformado en un no ser” (Stecher, 2023, p. 18).

En el contexto urbano, estas prácticas adquieren una dimensión particular. La ciudad, entendida como un espacio de interacción propiamente constante, no solo organiza los cuerpos en el territorio, sino que también define quién puede habitar ciertos lugares con comodidad y quién debe hacerlo desde la tensión o el silenciamiento. Así, el racismo internalizado se convierte en una forma invisible de exclusión que no necesita imponerse desde afuera, porque ya ha sido incorporada en la experiencia misma de quienes la viven. “El racismo es como un virus que corrompe todo lo que toca” (Fanón, 2009, p. 272).

Cómo se instala en la subjetividad de la sociedad

El racismo “continúa manifestándose y reproduciéndose de diversas formas” (Mato, 2025, p. 200). En este caso, actúa en medio de expresiones que valorizan al otro – diferente. Las experiencias anteriores no se agotan en el momento en que ocurren. Su repetición en distintos espacios y contextos va configurando formas de percepción que terminan por instalarse en la subjetividad de quienes las viven. Lo que inicialmente se presenta como un comentario aislado o una broma cotidiana, comienza a influir en la manera en que las personas se piensan a sí mismas y regulan su comportamiento en el entorno social.

En este proceso, el racismo deja de ser únicamente una práctica externa para convertirse en una experiencia interiorizada. Se manifiesta en la necesidad de ajustar la forma de hablar, modificar gestos y anticiparse a la mirada del otro o incluso de evitar ciertos espacios donde la diferencia se vuelve más visible. Estas formas de autorregulación no siempre son conscientes, pero responden a un aprendizaje constante que indica qué es aceptado y qué debe ser corregido o disimulado.

La normalización de este tipo de prácticas hace que se integren a la vida cotidiana con la misma naturalidad con la que se realizan acciones simples, como tomar un vaso de agua. Su repetición constante las vuelve casi imperceptibles, al punto de que dejan de ser cuestionadas y pasan a formar parte del trato habitual entre las personas, es decir que, la existencia del racismo “ha sido naturalizada y, por tanto, no suelen ser percibidas por la mayoría de los actores sociales. Estas desventajas son el resultado de las inequidades y formas de desigualdad y exclusión construidas inicialmente durante el periodo colonial” (Mato, 2025, p. 201).

Donde las desventajas históricas económicas, policías, culturales, geográficas y sociales han configurado las condiciones propicias para que el racismo persista, se reproduzca y coexista en los discursos e interacciones cotidianas. Hoy estas han pasado a un estado de invisibilidad, deja de ser cuestionado y se integra como parte del orden social, como algo “normal”. Esto se hizo evidente en una ocasión en que acompañé a una compañera a comprar materiales para un trabajo. Mientras preguntaba por unas hojas de papel bond que no lograba ubicar, el cajero respondió en voz alta: “¡Ey, negrita, negrita!, los papeles están a la derecha, en el stand dos”. Ella agradeció y continuó buscando sin mostrar incomodidad. Sin embargo, al momento de pagar, el mismo cajero volvió a dirigirse a ella con un diminutivo similar: “¿Nichesita, encontró el papel bond?”. Ella respondió con normalidad: “Sí, lo encontré, gracias”. (Cuando salimos del local el mismo cajero dijo a otra persona “porque será que los negritos son como tapados solo son atléticos y las negras tienen buen cuerpo”)

Lo que en otro contexto podría ser percibido como un comentario inapropiado y despectivo, en este caso fue asumido como una interacción cotidiana sin mayor relevancia. Este tipo de situaciones evidencian cómo ciertas formas de nombrar y referirse al otro, están cargadas de estereotipos raciales, que logran instalarse en la vida diaria sin generar cuestionamiento, reforzando dinámicas de trato diferencial que se vuelven invisibles incluso para quienes las experimentan.

Así, el racismo interiorizado no solo afecta la autopercepción, sino que también configura modos específicos de habitar la ciudad. La experiencia urbana se vuelve desigual no sólo por las condiciones materiales, sino por las tensiones simbólicas que atraviesan el cuerpo y la interacción cotidiana. Habitar la ciudad desde el silencio implica, en muchos casos, aprender a reducir la propia presencia para poder encajar en espacios que no siempre reconocen la diversidad que los habita.

Habitar en medio de lo invisible y el silencio.

La forma en que este tipo de prácticas afecta el habitar la ciudad se relaciona directamente con su normalización. Al repetirse de manera constante, estas dinámicas no solo se mantienen en el tiempo, sino que también se transmiten de una generación a otra, como una herencia social que rara vez es cuestionada. Aunque no siempre hay una intención consciente de reproducir el racismo, este se ha ido instaurando en las costumbres y en las formas de interacción cotidiana, en gran parte como resultado de procesos históricos que siguen presentes en la vida social.

Debido a esto, en diversas situaciones el trato diferencial no se reconoce como problemático, lo que genera tensiones invisibles en la interacción social. Esto se evidencia, por ejemplo, en contextos como la infancia. En una guardería, los niños interactúan inicialmente sin distinción por el color de piel; sin embargo, a medida que crecen y comienzan a incorporar discursos del entorno, estas percepciones cambian.

En una ocasión, un niño que solía relacionarse con normalidad con sus compañeros afrodescendientes le preguntó a otro por qué no “se lavaba” o “se echaba detergente” para quitar el color, asociado implícitamente la piel negra con suciedad. Aunque puede parecer un comentario ingenuo, este tipo de expresiones revelan cómo los imaginarios raciales se aprenden y se reproducen desde edades tempranas. Sus efectos no son menores: inciden en la forma en que los niños se perciben a sí mismos, en su autoestima y en la manera en que se relacionan con otros, configurando así experiencias psicosociales que afectan su forma de habitar la ciudad desde la diferencia.

En la ciudad, estas formas de exclusión también se expresan a través de percepciones asociadas al miedo y la sospecha. En varios contextos, la presencia de una persona afrodescendiente es leída automáticamente como una amenaza, especialmente en entornos donde persisten imaginarios conservadores sobre la seguridad y el orden social.

En una ocasión, mientras caminaba por la calle octava, una mujer se dirigió hacia mí por la misma acera mientras hablaba por teléfono. En medio de la conversación, dijo: “viene un negro, me va a robar”. Yo caminaba absorto en mis propios pensamientos, sin prestar atención a lo que ocurría alrededor, hasta que escuché esa frase. En ese momento, ella se cambió de acera de forma inmediata y continuó su camino mirándome con desconfianza.

Este tipo de situaciones no solo evidencian la asociación automática entre negritud y criminalidad, sino que también configuran experiencias de extrañamiento en el espacio público. El cuerpo es leído antes de cualquier acción, y la ciudad se convierte en un lugar donde no todos pueden transitar con la misma tranquilidad. Estas prácticas, aunque muchas veces no se expresan de manera directa, refuerzan formas de exclusión que condicionan la manera en que los sujetos habitan y se perciben dentro del entorno urbano.

Conclusiones 

Habitar la ciudad desde el silencio no implica únicamente la ausencia de voz, sino la presencia constante de mecanismos que enseñan ¿qué decir?, ¿cómo decirlo? y, sobre todo, ¿qué callar? El racismo interiorizado opera precisamente en ese terreno: en lo que no se nombra, en lo que se normaliza y en aquello que se aprende a aceptar para poder convivir sin conflicto aparente.

Las formas invisibles de exclusión no desaparecen por no ser señaladas; por el contrario, se fortalecen en la cotidianidad, en los gestos mínimos y en las interacciones que parecen inofensivas. En ellas se configuran modos de habitar la ciudad marcados por la adaptación, el silenciamiento y la constante negociación de la propia identidad.

Reconocer estas dinámicas no supone únicamente evidenciar el problema, sino abrir la posibilidad de repensar la forma en que se construyen las relaciones en el espacio urbano. Tal vez lo invisible no sea aquello que no está, sino aquello que, estando presente, aún no hemos aprendido a mirar críticamente.

Referencias 

Fanón, F. (2009). Piel negra, máscaras blancas (I. Álvarez, P. Monleón, & A. Useros, Trads.). Akal, S. A. 

Mato, D. (2025). Violencia verbal y otras prácticas de discriminación étnico-racial hacia estudiantes indígenas y afrodescendientes en universidades de América Latina. Revista Latinoamericana de Estudios Educativos, 55(2), 197-234. https://doi.org/10.48102/rlee.2025.55.2.714

Stecher, L. (2023). Entre la invisibilidad y la hipervisibilidad: La experiencia del racismo en Citizen. An American Lyric de Claudia Rankine. Revista de humanidades (Santiago. En línea), 47, 11-31. https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.693