Resumen
Este ensayo reflexivo explora la experiencia de habitar la ciudad de Popayán desde la negritud, en un contexto donde los imaginarios urbanos han sido históricamente construidos desde la blanquitud. A partir de una narrativa personal, el texto analiza; cómo la pregunta recurrente “¿de dónde es?” evidencia tensiones en torno a la identidad, la pertenencia y el reconocimiento dentro del espacio urbano. La ciudad es entendida no como una unidad homogénea, sino como la superposición de múltiples realidades que no siempre se reconocen entre sí, dando lugar a lo que puede denominarse como ciudades invisibles. En este marco, se problematiza el papel del lenguaje en la construcción de identidades y en la reproducción de dinámicas de exclusión, particularmente a través de categorías como “negro”. Asimismo, se reflexiona sobre la invisibilización de la presencia afro en los relatos oficiales de la ciudad y la necesidad de narrarse como una forma de resistencia. El ensayo propone comprender la identidad como una construcción en disputa, donde habitar la ciudad implica también cuestionarla y resignificarla desde las experiencias que han sido históricamente marginadas.
Palabras clave
Identidad, Negritud, Popayán, Ciudades, Cultura
La pregunta que incomoda
“Ey, niña, ¿y usted de dónde es?”
La pregunta siempre llega con una sonrisa, pero nunca es inocente. Es una forma elegante de señalar que no encajo. Que mi presencia necesita explicación. Que mi ciudad —aunque la habite— no termina de reconocerme. Tengo la sospecha de que, sin importar en qué lugar del mundo me encuentre, siempre pareceré de cualquier parte menos de mi ciudad natal. Debe ser la forma en que hablo, o la manera en que camino, o quizás la forma en que visto. Por cierto, soy de Popayán.
Popayán, conocida como la Ciudad Blanca, ha construido una imagen de sí misma tan sólida que todo aquello que no encaja en ella parece quedar fuera. No se trata solo de una ciudad física, sino de una narrativa cuidadosamente sostenida.
Nombrar es definir: el problema del lenguaje
El problema no empieza en la mirada. Empieza en el lenguaje.
El término “negro” no es inocente. Está cargado de una historia que no solo nombra, sino que clasifica, reduce y jerarquiza. Como señala William Mina Aragón, se trata de una categoría construida desde una lógica colonial para nombrar al otro como inferior, como distinto en sentido negativo. Nombrar es ejercer poder. Decir “negro” no ha sido únicamente describir un color de piel, sino inscribir a un grupo humano dentro de una narrativa de carencia, de atraso y de subordinación. Por eso, cuando digo que soy payanesa, la palabra no alcanza. Se vuelve insuficiente frente a una mirada que necesita clasificarme, ubicarme, explicarme. Como si mi origen no pudiera existir por sí solo, como si tuviera que ser traducido para ser aceptado. Por eso, la insistencia en explicar mi origen no es casual. No se trata de curiosidad: es la necesidad de ubicarme dentro de una categoría comprensible para el otro.
El imaginario del “payanés promedio”
Cada vez que digo que soy de Popayán, la reacción suele ser de sorpresa. La pregunta se transforma en una cadena de verificaciones: “¿pero su familia es de otra parte? “¿en serio eres de aquí? “¿de aquí?” “¿y tus papás de dónde son?”. Cuando respondo, las miradas se tranquilizan, como si
finalmente hubieran encontrado una explicación aceptable. Pero esa tranquilidad revela una operación más profunda: la necesidad de corregir la anomalía.
¿Quién define qué es un payanés?
El imaginario dominante parece claro: piel blanca —o al menos no negra—, carácter reservado, voz moderada, apego a tradiciones religiosas, vida pausada. Es una identidad que se presenta como natural, pero que en realidad ha sido construida históricamente desde una lógica excluyente. En palabras de Calderón, Hopenhayn y Ottone, este proceso responde a la “negación del otro”, donde primero se diferencia y luego se desvaloriza. “De una parte se diferencia al otro respecto de sí mismo, y enseguida se lo desvaloriza y se lo sitúa jerárquicamente del lado del pecado, el error o la ignorancia”
En ese marco, mi existencia no es negada explícitamente, pero sí cuestionada.
La ciudad oficial y la ciudad invisible
Popayán no es una sola ciudad. Es la superposición de múltiples ciudades que no siempre se reconocen entre sí. Tal vez la prueba más contundente de esta fractura se hace visible durante la Semana Santa: mientras se despliega una de las celebraciones religiosas más importantes de Colombia — ordenada, solemne, profundamente arraigada en la tradición colonial—, en ese mismo tiempo y espacio emerge otra forma de habitar la ciudad.
En paralelo, se desarrolla el Encuentro de Colonias Afrodescendientes Isaac Góngora, un espacio que no solo celebra la cultura afro, sino que evidencia la necesidad de crear lugares de pertenencia dentro de una ciudad que históricamente ha limitado sus formas de reconocimiento. No es casual que ambos eventos coexistan sin tocarse del todo. Mientras uno ocupa el centro simbólico de la ciudad, el otro se sostiene desde los márgenes, como si respondiera a una urgencia distinta: la de encontrarse, reconocerse y afirmarse. Es en esa simultaneidad donde la ciudad revela su fisura. No se trata de dos celebraciones aisladas, sino de dos formas de entender y habitar Popayán. Y en medio de esa distancia, se hace evidente que pertenecer no siempre es un hecho dado, sino una búsqueda.
Está la ciudad visible: blanca, colonial, ordenada, orgullosa de su pasado. Es la ciudad que aparece en las postales, en los discursos institucionales, en las narrativas turísticas. Pero existe otra ciudad. Una que no se nombra con la misma fuerza. Una que habita en los márgenes, en los cuerpos racializados, en las periferias simbólicas. Esa es la ciudad invisible. Como afirmaba Manuel Zapata Olivella, la verdadera historia no está en los relatos oficiales, sino en la memoria de los pueblos olvidados.
Esa memoria también es ciudad.
Habitar el margen: identidad y contradicción
Habitar Popayán siendo negra implica moverse constantemente entre la pertenencia y la exclusión. Como plantean Hammersley y Atkinson, la identidad no se construye únicamente desde la pertenencia, sino también desde los márgenes. Esa dualidad se siente en lo cotidiano: en las miradas, en las preguntas, en la necesidad constante de explicar quién soy.
Caminar por el centro histórico es habitar una tensión. Es amar la ciudad y, al mismo tiempo, reconocer que no siempre te reconoce.
Lo afro en medio de la blanquitud
Ser negra en Popayán no es solo una condición del cuerpo, es una experiencia que se activa en la mirada del otro. No es algo que se enuncie únicamente desde el espejo, sino desde la pregunta constante que viene de afuera: “¿y usted de dónde es?”. En una ciudad que ha construido su identidad alrededor de la blanquitud —no solo como color de piel, sino como ideal cultural, estético e histórico—, lo negro aparece como una interrupción. No como ausencia, porque está en todas partes, sino como algo que no encaja del todo en la narrativa dominante. Aquí, lo negro no es invisible en el sentido de no estar; es invisible en el sentido de no ser reconocido como parte legítima de la ciudad. Está en los barrios, en las galerías, en los ritmos que atraviesan las esquinas, en las formas de hablar y de habitar. Pero cuando aparece en ciertos espacios —en el centro, en la idea de lo “payanés”—, se convierte en pregunta, en sospecha, en algo que necesita ser explicado.
Esa tensión no es casual. Es el resultado de una historia que ha asociado la ciudad con una imagen blanca, ordenada, heredera de un pasado colonial que aún define quién pertenece sin cuestionamientos y quién debe justificar su lugar. Ser negra en medio de esa blanquitud es, entonces, habitar una contradicción constante: ser de aquí y, al mismo tiempo, ser leída como de afuera. Es llevar en el cuerpo una ciudad que existe, pero que no siempre es reconocida. Y es precisamente en esa contradicción donde se revela otra Popayán. Una que no aparece en las postales, pero que se vive todos los días. Una ciudad que no necesita ser inventada, sino reconocida.
Negritud e invisibilización urbana
En Popayán, la negritud está presente, pero no siempre es reconocida como parte legítima de la identidad urbana. Pero esa presencia no siempre se traduce en reconocimiento. Como advierten Hopenhayn y Bello, la negación del otro no solo es cultural, sino que se transforma en exclusión social y política. La ciudad, entonces, no sólo invisibiliza: también jerarquiza.
Narrarse como acto de resistencia
Frente a esa invisibilización, narrarse se convierte en una forma de resistencia. Decir “soy de aquí” no es solo una afirmación geográfica. Es una disputa simbólica. Es reclamar el derecho a existir sin ser cuestionada. Como decía Albert Camus, en El Extranjero, “¡Una sola vez! En cierto sentido, creo que esto me hubiera bastado. Mi corazón habría hecho el resto.” a veces bastaría un solo reconocimiento para que todo cobrara sentido. Pero cuando ese reconocimiento no llega, es necesario construirlo desde la propia voz.
Narrarse es, entonces, hacerse visible.
Conclusión: disputar la ciudad
Ser payanesa no es encajar en un molde. Es habitar una ciudad compleja, contradictoria, atravesada por tensiones históricas y culturales. Mi historia —como la de muchos otros— forma parte de esa ciudad que no siempre se ve, pero que existe. Porque si algo he aprendido, es que las ciudades no solo se habitan: también se disputan. Y en esa disputa, el lenguaje, la memoria y la identidad se convierten en herramientas para hacer visible aquello que durante tanto tiempo ha sido ignorado.
Referencias
García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad . Editorial Sudamericana, 1967. Camus, Albert. El extranjero . Editorial Gallimard, 1942.
Geertz, Clifford. La interpretación de las culturas . Editorial Gedisa, 1987. Hammersley, Martyn y Paul Atkinson. Etnografía: Principios en la práctica . Routledge, 1995.
Zapata Olivella, Manuel. Palabras libres. Editorial Instituto Colombiano de Cultura, 1975




